Para septiembre de 2026, la gestión pública argentina dejará de medirse por lo que declara y comenzará a medirse por lo que pueda demostrar. No se trata de slogans, sino de evidencia verificable: procesos que funcionen, controles que aguanten una auditoría y tableros de gestión que no colapsen ante una crisis. Y, esta vez, no habrá espacio para la improvisación. Hoy, la foto es incómoda. Los índices de percepción de la corrupción siguen siendo bajos, y la confianza institucional está debilitada. Las leyes están, pero la distancia entre lo escrito y lo ejecutado se nota en cada licitación mal controlada, cada auditoría que queda en un cajón, cada protocolo que nadie aplica.


































