Rogelio Alaniz
Imputarle al peronismo vocación hegemónica es un clásico de la política criolla. La ha tenido desde siempre y la seguirá teniendo si las circunstancias se empeñan en repetirse. Por razones históricas y doctrinarias el peronismo posee vocación hegemónica, pero algo parecido se le atribuía a la UCR en los mejores tiempos de Yrigoyen, con lo cual hay que admitir en principio que el hegemonismo político es una práctica social y una manera de concebir el poder, internalizado históricamente en nuestras clases dirigentes. Este vicio tal vez sea uno de los rasgos distintivos de la política latinoamericana, afirmación que han sostenido numerosos cientistas sociales, afirmación que, de todos modos, convendría relativizar porque en Chile, Brasil y Uruguay estos presupuestos no se dan o dejaron de darse.
Puede que en la Argentina el hegemonismo y su manifestación, el caudillo, sean producto de contextos sociales y políticos precisos que responden a tradiciones históricas fuertes, pero, si bien a las condiciones estructurales se las califica como el producto de condiciones que operan al margen de la voluntad de los individuos, una reflexión más amplia debería incluir en el análisis el componente subjetivo. Esto quiere decir que las estructuras tienen su peso, gravitan, pero ellas mismas incluyen una voluntad de poder que interviene en la historia y la modela.
El hegemonismo, desde este punto de vista, sería también el resultado de una decisión, pero al mismo tiempo esta voluntad de poder ha podido consolidarse porque lo que ha fallado es la voluntad de poder de la oposición, sus visibles errores y torpezas que en más de un caso parecen ser funcionales a la supuesta vocación hegemónica del peronismo.
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