Al observar los movimientos legislativos en España y otros países, queda una sensación amarga: el Estado y la sociedad adulta, ante la imposibilidad de domar los algoritmos y la dificultad de gestionar la vida digital en casa, han optado por el botón de pánico. Prohibir no es una solución estratégica; es la respuesta de quien se ha quedado sin ideas frente a un ecosistema que lo desbordó.
































