La expansión acelerada de la Inteligencia Artificial (IA) marca un punto de inflexión histórico comparable, y posiblemente superior, a las revoluciones industrial y digital. A diferencia de tecnologías previas, la IA avanza sobre una de las características más distintivas del ser humano, su capacidad cognitiva y creativa. Estamos creando máquinas capaces de superarnos en partes fundamentales que nos definen como especie. Esta singularidad la convierte en una tecnología de propósito general con impactos transversales sobre el modo de crear, aprender, trabajar, producir y generar valor; en fin, sobre las bases de la organización de nuestra sociedad.



































