Para quienes no son interpelados por el asunto, el lenguaje no es más que un medio para un fin, a saber, la comunicación. Puede pensarse como una concepción pragmática del lenguaje, entendido como una herramienta al servicio del entendimiento entre un emisor y su receptor. Cuando los desacuerdos persisten y se eternizan en el tiempo —sea en los lazos familiares, amorosos o laborales—, se dice que es un problema de comunicación, como si no hubiese otras razones latentes operando allí. O bien se trata de un exceso de confianza en la susodicha comunicación, es decir, en la capacidad de uno y otro de concebir y expresar claramente una idea, o bien es una forma de renegar de los verdaderos motivos que sostienen la querella inicial, supeditados a todas las pasiones y ambivalencias que habitan en el ser hablante.

































