A cinco años de aquel 9 de mayo de 2021, la ausencia de Miguel Lifschitz no se mide solo en el vacío que dejó su partida, sino en la vitalidad con la que persiste su ejemplo. Me cuesta hablar de él en pasado porque su legado sigue siendo una hoja de ruta para quienes creemos que la política solo tiene sentido si mejora, de forma concreta, la vida de las personas.

































