Para los que alguna vez soplaron uno creyendo que con eso bastaba para estar bien. Me recuerdo. Un niño con las rodillas raspadas, las uñas con tierra, y un silencio que no me pesaba. Porque estaba con él. Estaba sentado sobre un banco de madera que mi abuelo había hecho con sus propias manos. No era un mueble, era un hallazgo. Lo había armado con cajones de manzanas, y decía, como quien enseña sin imponer, que todo niño necesita su propio lugar para sentarse a mirar el mundo. Yo lo creí.




































