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Pande… ¿mía?

Pande… ¿mía?Pande… ¿mía?

Jueves 2.12.2021
 10:56hs
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Nicolás Peisojovich
Por: 
Nicolás Peisojovich

"La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artilugio logramos sobrellevar el pasado". Gabriel García Márquez "El amor en los tiempos del cólera.

Con ligeros trazos literarios de apariencia superflua, solo de apariencia, Gabriel García Márquez poseía la magistral capacidad de poder decir tanto con tan poco. Con un puñado de palabras sueltas, sus textos se transforman en disparadores de imágenes que indefectiblemente te llevan a contemplar el universo desde otro ángulo, diferente y alternativo. Sus lúcidas palabras, su relato fluido y colorido, estaban cargados de ácido humor, crítica y reflexión.

Ya hace siete años de la partida de Gabo, que nos dejó sumidos en cien años de soledad, pero con los ojos bien abiertos, releemos y disfrutamos de su pluma. Como en una Macondo global, vivimos inmersos en una peste, que casi sin querer, nos traslada a aquella peste del insomnio que asoló los días con sus noches desveladas a aquel puñado de casuchas junto al río, que por su disposición, recibían la misma ración de sol.

Nos fuimos acostumbrando, primero a la fuerza y luego por el uso repetitivo de ciertas actitudes y comportamientos impuestos -o autoimpuestos-, a convivir con el Covid19. Pero como quien no quiere la cosa, y por esa capacidad que tenemos los seres humanos y los más o menos humanos de readaptarnos a las condiciones externas y extremas, nos ajustamos. Algunos nos ajustamos el cinto también (pero estirando los agujeritos) pues la primera etapa, la del confinamiento -que ahora relato casi anecdóticamente-, fue dura. Aprendimos a hacer pan casero y tortas varias, a comer a toda hora, a "maratonear" series por streaming y consumir carbohidratos, azúcares y calorías vacías frente a la TV, fruto de disfrutar y de trabajar desde la comodidad del hogar. Kilos más, kilos menos, nos íbamos indignando por las medidas ya no solo del cinturón, sino también del gobierno.

Nos enojamos. Es cierto, estábamos enojados, pues no veíamos el sentido de tal confinamiento cuando nos sentíamos tan lejos de las noticias que nos llegaban minuto a minuto a través de nuestros dispositivos, en las placas y zócalos tremendistas de furioso rojo con cifras fatalistas que nos mostraban a una Italia -siempre bella, histórica y turística- desolada y desértica, al arbitrio de palomas y animales cuasi domésticos. Veíamos las enormes plazas europeas deshabitadas de humanidad y con atisbos apocalípticos.

Nos asustamos. Sí, nos asustamos cuando empezamos a ver que no eran solo cifras, pues esos números tenían la cara de un vecino, un amigo, un pariente, un conocido, y, en el peor de los casos, a nosotros mismos. Mientras familias enteras sufrían por la pérdida de un ser querido, y la pandemia circulaba por nuestras calles, los informativos se llenaban de políticos y opinadores doctorados en "sabetodología" que, según del lado de la mecha en que se encontraban, al principio despotricaban contra las vacunas comunistas y al final, por la falta de las mismas. Finalmente, nos vacunamos.

Nos adaptamos y adoptamos comportamientos que aun hoy tenemos bien asimilados. En diciembre se cumplen dos años desde el descubrimiento de los primeros casos del virus que cambió nuestras vidas... y algunas de nuestras más arraigadas costumbres.

El mate compartido, elemento distintivo de nuestra generosidad de uso comunitario, pasó a ser del disfrute exclusivo de quien es dueño del termo y del mate. Con ojos de cachorro abandonado sentimos ese golpe directo al corazón cuando al llegar a un lugar, vemos y percibimos el desamparo cuando nuestro compañero/a de trabajo, amigo/a, familiar o desconocido/a, no extiende su mano cargada con un verde bien cebado -o no- como una cálida bienvenida.

Las muestras de cariño, ahora son amores no correspondidos. Vas con los brazos abiertos como alas de planeador y te reciben con el puño a medio metro de distancia... de repente te sentís observado por miles de miradas inquisitivas que escrutan tus pensamientos buscando el motivo que te hizo merecer tal destrato de ese amigo del alma. O vas con la mano franca y firme, con el cachete generoso para recibir un amigable ósculo, para obtener de la otra persona un gélido "no, no acostumbro desde hace tiempo al contacto físico"

¿Cuántas veces nos encontramos con alguien en algún lugar y al saludarnos parecíamos jugar al "Piedra, papel o tijera", pero solo usando piedra o papel? Muchas. Uno se acerca con el puño, el otro con la mano abierta, entonces quien llevaba el puño abre la mano, y el otro que saludaba a mano completa, la cierra; repitiéndose el acto dos o tres veces hasta que al final el saludo se da, con puño o con mano, perdiendo los dos; un tijeretazo a la empatía y a la alegría del encuentro. Nos alegramos, pero hasta ahí.

Escenario: la cancha con aforo completo. Nuestro equipo del alma está jugando bien, estamos saltando, cantando, amuchados y pegados unos con otros, fumando y respirando el aire del otro; nuestro equipo hace un gol y miramos al vecino para fundirnos en un abrazo, pero no, cerramos las manos, miramos al cielo, gritamos el gol al firmamento y vemos a nuestros compañeros de colores con alegría en el cuerpo y en los ojos, pero con un festejo íntimo, solitario. Sin importar si estuvimos una hora haciendo fila, respirando el mismo aire, sudando la misma gota, recibiendo la sopa viral circundante en cientos de cuerpos apretados.

Naturalizamos el devenir de la pandemia. Nos acostumbramos a los números, sin racionalizar demasiado si eran muertos o infectados; si los afectados eran personas mayores, adultos de riesgo o adolescentes. Nos fuimos desinteresando de las cepas intervinientes (a esta altura las recordamos vagamente); sabemos que están, pero casi no nos despiertan el interés. Quizás como síntoma de una sobrecarga de información y de opiniones cruzadas o por dañinos intereses creados y teorías infundadas, nuestra argenta humanidad se vio ganada por el hastío.

Nos acomodamos. En este proceso de casi dos años de pandemia, nos habituamos a ciertas costumbres que seguramente quedarán enquistadas en nuestro comportamiento actual y futuro. El uso del barbijo -que dicho sea de paso prácticamente desterró a la gripe- el uso del alcohol, el lavado frenético de manos y esas desmedidas ansias de querer salir como sea y adonde sea.

Subsistimos. La humanidad se acomoda, asimila, subsiste. Pasaron casi dos años, y si bien no percibimos la gravedad de la cuestión, el virus sigue activo, vivito y coleando. Como dice Gabo en la cita al inicio de este texto, nuestro corazón elimina los malos recuerdos para magnificar los buenos. Hoy más que nunca tenemos que tener presente y estar atentos a lo que sucede en Europa. Contamos con las noticias de mañana, el diario de lo que vendrá ya está escrito. Aprendamos a leer entre líneas y a decodificar la realidad.

No estamos inmersos en una novela de realismo mágico. No caigamos en el proceso de tener que rotular para recordar cada cosa que vivimos este último tiempo. La pandemia del Covid19 nos costó demasiado para caer en la peste del insomnio que azotó Macondo en la profusa imaginación de Gabriel García Márquez.

No pierdas la memoria. Anotálo.

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