En ese instante, abrí los ojos. La noche se había calmado y como en tantas otras ocasiones lo sentí nacer en mí. Volví a ser pesebre abrigando su llanto ante el manojo de luz. Tenía el pensamiento suave de la hoja y el olor de la fruta en las mañanas claras de diciembre. Sostuve con mi mano la fragilidad de su esperanza.


































