Quiero comenzar mi reflexión con una pequeña anécdota referida a Elías, el gran profeta del Antiguo Testamento. Dicen que el profeta Elías era una persona divertida, graciosa, le gustaba pasear por las calles del pueblo disfrazado. Quería observar a la gente de cerca. Un día se disfrazó de mendigo. Fue a llamar a la puerta de una gran mansión, donde se celebraba una gran fiesta. Cuando el dueño de casa lo vio, sucio y andrajoso, lo despachó con un gran portazo. Elías se marchó. Pero volvió más tarde, lujosamente vestido: traje, camisa de seda, sombrero, bastón adornado con oro. Cuando llamó a la puerta fue recibido con todos los honores y sentado en la mesa de honor.

































