A Raúl Bianco los sesenta años le llegaron con cabellos grises, ojeras oscuras y unas “cacas de paloma” en la barba negra. También con una sordera que se negaba a aceptar. Quizás estaba algo más reflexivo, aunque todavía enrojecía cuando se trenzaba en discusiones por la atención de los pacientes en el hospital o, en la mesa del Café Tokio Norte de Santa Fe, por la política argentina.

































