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Heridas abiertas, ecos del ayer

La placita

Entre juegos y traiciones, una infancia en la placita revela las complejidades de la amistad y la ética, dejando marcas imborrables en el corazón.

La placitaLa placita

Sábado 21.2.2026
 7:16hs
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

Hay textos que llegan tarde, cuando uno ya ha vivido lo suficiente como para que duelan en el lugar exacto donde deben doler. "El indigno", de Jorge Luis Borges, fue eso para mí: una herida que no sabía que estaba abierta. Lo leí casi por casualidad, como quien encuentra una piedra en el camino y decide levantarla sin esperar demasiado. Pero debajo había algo vivo.

Ese cuento no habla de una traición común; habla de una traición íntima, moral, de esas que no necesitan sangre ni escándalo para marcar la vida de alguien. Habla de la falta de estatura interior, de la pequeñez disfrazada de coraje, de la cobardía que se pasea con el nombre de valentía.

Cuando terminé de leerlo, supe que ese texto ya me había encontrado antes, muchos años antes, en un rincón de mi infancia que llevaba guardado sin saberlo: la placita. La placita no era un lugar importante para la ciudad, pero lo era para nosotros. Era un cuadrado imperfecto de tierra, pasto y cemento gastado, rodeado por casas bajas que parecían protegerlo del tiempo.

Tenía un mástil torcido donde la bandera casi nunca flameaba porque nadie la izaba; dos bancos verdes que el sol había vuelto ásperos; un par de hamacas que chillaban como si el viento les doliera; y un arenero donde siempre quedaban huellas de castillos mal terminados. La placita era nuestro universo pequeño, pero suficiente.

Allí aprendimos a convivir, a pelearnos, a volver a ser amigos, a inventar historias, a descubrir la injusticia. Era, sin saberlo, una escuela. En ese escenario se movían muchos chicos, pero dos de ellos quedaron grabados para siempre: Valle y Polo Romero. Eran el sol y la sombra, aunque en la infancia uno no sepa distinguir cuál es cuál.

Valle tenía una energía que arrastraba. Su presencia llenaba el aire, como si lo empujara hacia adelante. Hablaba fuerte, reía más fuerte aún, y lograba que todos lo escucharan incluso cuando no decía nada importante. Tenía una forma de pararse que hacía creer que nada le daba miedo, que siempre sabía qué hacer, que jamás se equivocaba.

A veces pienso que en él habitaba un niño asustado que jamás quiso mostrarse. Que ese carisma suyo, esa verborragia encantadora, era un escudo. Pero un escudo puede ser también un arma, y en Valle lo era. Polo Romero era la otra cara del mundo. Caminaba siempre con las manos en los bolsillos, como si cargara un secreto que no quería mostrar.

Tenía una mirada sincera, tranquila, de esas que no necesitan imponerse para hacerse notar. Nunca levantaba la voz, no porque fuera tímido, sino porque sabía que la verdad no necesita gritar. Cuando hablaba, todos escuchábamos. No por autoridad, sino por respeto. Polo era noble. Y la nobleza, en la infancia, es un tesoro muy valioso.

Crecimos entre juegos, carreras, conversaciones interminables sobre nada y sobre todo. Había tardes en las que la placita parecía un pequeño país gobernado por nuestras risas. Pero un día, sin aviso, el país se rompió. Era una tarde tibia. El sol se deshacía entre las hojas del paraíso, y la luz dejaba manchas doradas en el suelo.

El panadero de la esquina había abierto la ventana trasera y el aroma a bizcochos recién horneados inundaba el aire. Nosotros estábamos reunidos alrededor del banco grande, ese que siempre tenía una mancha de savia seca.

Valle estaba contando una de sus historias, llena de exageraciones, de gestos teatrales, de giros inesperados que todos celebrábamos aunque supiéramos que eran inventos. En un momento, Polo llegó. Lo vi acercarse con su caminar sereno, sin apuros, como si su presencia no necesitara anunciarse. Saludó con un gesto leve y se sentó.

Y fue ahí, justo ahí, donde Valle cometió esa traición moral que con los años supe nombrar.

- Llegás tarde, Romerito (dijo Valle con una sonrisa torcida). Si fuera por vos, todavía estaríamos esperando a que entiendas cómo empezó mi historia.

La frase cayó como una piedra en el agua. Hubo ondulaciones de miradas, pequeñas risas forzadas, silencios incómodos. Yo la sentí como un golpe invisible. Los demás también. Pero nadie hizo nada. A veces la cobardía colectiva es más poderosa que la valentía individual. Polo bajó los ojos. Ese gesto, ese pequeño gesto, fue uno de los momentos más crueles que recuerdo de mi infancia.

No era vergüenza lo que había en él: era decepción. Dolía verlo así porque Polo era el tipo de persona que jamás le haría daño a nadie. Y sin embargo había sido herido. No por un rival, no por un enemigo, sino por su propio amigo. Y eso es lo peor de la traición moral: no necesita enemigos, necesita confianza.

Ese día, sin saberlo, aprendí algo que me acompañaría toda la vida: hay traiciones visibles y traiciones silenciosas. Hay traiciones que son actos y otras que son omisiones. Pero la peor traición es la moral, porque no destruye situaciones, destruye miradas. Desde ese instante, Polo dejó de mirar a Valle de la misma manera. Y yo también.

Valle no dejó de ser Valle, pero quedó desnudo ante nosotros. No porque hubiera cometido un error, sino porque había mostrado lo que realmente era: un traidor moral, alguien incapaz de sostener la altura ética que la amistad exige. Años después, cuando me convertí en profesor, esa escena volvió como un eco que nunca descansa.

En cada estudiante que se esfuerza mientras otros se burlan de él. En cada joven que decide estudiar, aun cuando el mundo le ofrece caminos más rápidos y menos honestos. En cada alumno que entiende que la educación no es un medio para ganar dinero, sino una forma de no traicionarse.

Porque hay algo que aprendí con el tiempo, y que sigo aprendiendo cada día: estudiamos para no convertirnos en Valle. Estudiamos para crecer por dentro, no para tener más afuera. Investigamos para entender, no para vencer. Aprendemos para no fallarnos a nosotros mismos.

La docencia no es un oficio, es un espejo. Uno enseña para recordar quién fue. Enseña para reparar escenas que todavía duelen. Enseña para asegurarse de que, al menos en algún corazón joven, la nobleza de Polo no quede en silencio. Con los años, la placita se transformó. Levantaron juegos nuevos, podaron los árboles, pintaron los bancos.

Pero cuando paso por ahí, cuando cruzo la vereda y escucho el eco de pasos que ya no están, la veo igual. Veo a Valle riendo fuerte. Veo a Polo mirando el suelo. Veo a ese niño que era yo, mirando la escena desde un borde, empezando a comprender que la ética nace en los gestos más simples.

A veces me pregunto qué habrá sido de Valle. Me lo imagino adulto, quizá con un trabajo estable, quizá con hijos. Tal vez repite historias como antes, quizá sigue exagerando, tal vez aprendió a callar. Pero algo en mi memoria insiste en que nunca dejó de ser quien fue ese día. Uno cambia muchas cosas, pero la raíz moral es terca.

Lo veo, a veces, en hombres que fueron niños como él: hablan fuerte, pero no pueden sostener un compromiso; se muestran seguros, pero no soportan el peso de su propia fragilidad. Son los que confunden valentía con ruido. Los que hieren sin darse cuenta. Los que no saben cuánto daño puede hacer una frase dicha sin alma.

Polo, en cambio, vive en mi recuerdo con una luz triste. No sé qué fue de él, pero sé que, donde esté, sigue teniendo esa dignidad pura. A veces imagino que hizo su vida en paz, que encontró gente capaz de ver su grandeza quieta, que no volvió a encontrarse con miradas como la de Valle.

Otras veces lo imagino solo, cargando culpas que no le pertenecen, como hacen los buenos. Esa es la melancolía que acompaña a los justos: el mundo suele ser duro con ellos. Y acá, en esta etapa de mi vida, la placita vuelve a ser un territorio de lectura. No de juegos. No de amigos. De lectura ética.

Me veo a mí mismo repitiendo historias semejantes a estudiantes que me preguntan por qué deberían esforzarse, por qué deberían leer, por qué vale la pena estudiar si otros, sin estudiar, parecen avanzar más rápido. Y yo no les doy un sermón. Les cuento la escena de la placita. Les hablo de Valle y de Polo.

Les digo que hay derrotas que no duelen y victorias que no salvan. Les digo que el estudio es un refugio interior. Les digo que la educación es, ante todo, una manera de no perderse. Y cada vez que termino de explicarlo, algo dentro de mí vuelve a doler. Pero es un dolor bueno. Un dolor que forma. Un dolor que recuerda. Porque la melancolía también educa.

Es una maestra terca que te enseña a mirar tu pasado sin idealizarlo y sin negarlo. Aceptarlo tal como fue: con sus luces breves y sus sombras largas. A veces pienso que la vida entera podría resumirse en esa escena: un grupo de chicos en una placita, un amigo noble herido, un traidor moral incapaz de medir sus palabras, y un testigo mudo aprendiendo la diferencia entre lo correcto y lo fácil.

No sé si algún día volveré a ver a Valle, o a Polo. No sé si reconocerían mi cara adulta. Pero sé que, de algún modo, nunca se fueron. Siguen ahí, detenidos en aquella tarde que ya no existe, enseñándome lo que ningún libro enseña: que la dignidad es un edificio que se construye desde adentro, y que la vida no nos juzga por lo que logramos, sino por lo que fuimos capaces de no traicionar.

El autor es profesor universitario, arquitecto y magíster en Arquitectura. Ensayista y escritor.

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