Sea por falta de tiempo, quizás por falta de argumentos o simplemente por querer buscar alguna excusa, muchas veces se recurre a un "especialista" (psicoanalista o psicólogo) para atender los problemas de nuestros hijos.
La creciente dependencia de especialistas para resolver problemas familiares refleja una crisis en la comunicación y autoridad parental, afectando el vínculo familiar.

Sea por falta de tiempo, quizás por falta de argumentos o simplemente por querer buscar alguna excusa, muchas veces se recurre a un "especialista" (psicoanalista o psicólogo) para atender los problemas de nuestros hijos.
Así, surge la presencia de un extraño que “conocerá” más que nosotros a nuestros hijos, ese ser al que amamos, criamos, educamos y dimos lo que estuvo a nuestro alcance, incluso si la situación económica era esquiva (privándonos de un bocado, para cortarlo en pequeños trozos mientras ayudábamos a sostener el tenedor dirigido hacia su pequeña boca).
Hoy, la "moda", por así decirlo, muchas veces por sugerencia o recomendación de terceros, es acudir -pagando altos honorarios- a ese profesional que se ocupará de atender a nuestros hijos (es decir a los hijos de otros).
Ese profesional se entera así de los secretos de nuestra familia; por qué el compañerito pretende tocarlo donde no debe; qué fue lo que le generó la primera menstruación a una hija, por qué se le ocurre quitarse sus senos o por qué un hijo no usa protección para mantener relaciones sexuales.
Para criar a nuestros hijos, de la manera que pensábamos era la más adecuada, lo hicimos teniendo como premisa lo recibido de nuestros padres y ellos de los suyos, sumado a nuestros aciertos y errores como pesas de una balanza imaginaria. ¿Hacia qué nos llevó esto? ¿A no mostrarnos vulnerables? ¿O para que el marco de autoridad siga presente?
Ese extraño que aparece en nuestras vidas por haberlo buscado y no porque tocó a nuestra puerta, optará por invitarnos a escuchar lo que sus años de estudio presentan como "análisis de la mente humana para solucionar patologías emocionales, mentales, sociales o problemas de aprendizaje".
¿Acaso su objetivo de evaluar y tratar los problemas de orden psicológico que pueden aparecer tales como depresión, ansiedad estrés, puede más que el diálogo tan necesario entre padres e hijos?
Así es como el resguardo de la llamada “salud mental” surge con fuerzas en estos tiempos, en el que está tan difundido el concepto, y al parecer todo gira en torno a ella, quitándole primacía a la “salud física”.
Son tiempos de anexar la atención de un profesional y, por qué no, con ello, más medicina para que con la terapia de conversación nos ayude a afrontar los problemas. Pero, entonces, la pregunta que surge de inmediato es: ¿Qué ocurría cuando no se promocionaba tanto la “salud mental” y no se recurría a especialistas para tratarla?¿Éramos menos felices?
Es innegable que la comunicación entre progenitores hoy en día se ha convertido en un problema común. Y el vínculo familiar se ve afectado no solo por la diferencia generacional. La dificultad para establecer límites y reglar lo que hasta ayer ordenaba la convivencia en el seno del hogar, se ve potenciada por diferentes factores.
Intentando ser empáticos (palabra hoy usada para y por cualquier motivo), se cede ante el miedo del abandono; no del nuestro hacia quienes nos desvelan al pensar en su futuro, sino de ellos hacia nosotros. ¿Es ese “el miedo a los hijos”, tal cual se titula del libro de Jaime Barylko, publicado en 1992?
Nosotros pretendemos que se desarrollen a través de nuestras experiencias, cuando a decir verdad no tenemos “escuela”, o el suficiente valor para dejarlos que aprendan a desengañarse conociendo el mundo por ellos mismos.
Cuando ese mundo les muestra otra realidad y se lo hacemos notar, porque las cosas pueden ser de otro color que no es el rosa, es que pasamos a recibir los ya clásicos "vos no sabés nada", "vos no entendés", "vos no te metas en mi vida".
La responsabilidad que asumimos al decidir procrear va más allá de la mayoría de edad. Una mayoría de edad que es dictada por una ley que no conoce a nuestros hijos como los conocemos nosotros.
Y salvo que por algún motivo se falle lo contrario, somos sus progenitores hasta el último de nuestros días, para asistirlos aun cuándo pretendan convencernos que pueden seguir solos, porque no nos motiva el querer decidir por ellos.
No, lo que nos motiva fundamentalmente es el hecho de compartirles -y si están dispuestos a escuchar, poner a su alcance- nuestras experiencias, para que a todas aquellas que sabemos que estuvieron equivocadas o erróneas, o fueron malogradas, no las repitan.
Por eso cito a Giovanni Pico della Mirandola, que en la obra titulada “Oratio de hominis digitate” (“Discurso sobre la dignidad humana”, 1486), expone que “el ser humano no tiene una naturaleza fija, sino que está dotado de libertad para modelarse a sí mismo”.
¿Todo lo enseñado -y quizás mal aprendido por nuestros hijos-, conlleva a que tomen sus propias decisiones de cómo vivir? ¿Hasta dónde seguimos siendo ejemplo? ¿Hasta qué punto, siguiendo nuestros pasos, podrán lograr salir adelante, lograr el éxito y con él la felicidad?
Antiguamente, quienes nos superaban en edad y experiencia merecían nuestro respeto y con él nuestra obediencia (aunque a veces, dentro de ese aprendizaje, hayamos ligado algún chancletazo a modo de “correctivo”, como le dicen ahora).
Hoy, a temprana edad -y no precisamente por algo que hayan inculcado sus padres-, los niños desobedecen, gritan, patalean y hasta insultan sin conocer el significado de lo que emiten. Es más, muchas veces llegan a tener actitudes de violencia física contra sus progenitores, limitadas por la propia contextura y el inminente reto que parte de sus padres.
Estos, sorprendidos, no advierten que al dejar que estas expresiones violentas sigan su curso, darán lugar a otra agresión, la que quizás con el tiempo, sea una cicatriz en el alma, con la pérdida del respeto y el cariño.
Si esto último sucede, nos vamos a ver defraudados por quienes han sido y son motivo de constante ego ante nuestro entorno social. Siempre hablamos y de ellos y mostramos fotografías; comentamos desde que dieron sus primeros pasos hasta sus último logros y explicamos el porqué de la distancia que tomaron por propia decisión.
Muchas veces, a modo de lógica defensa, se escucha a los adultos mayores decir: "Viejos son los trapos". ¿Cuándo, dónde y quién popularizó la frase destinada a defendernos ante la indiferencia o el ataque de los menores?
Cuando la ley ordena el respeto a los padres, no manda, no obliga, apenas sugiere que se respete el mundo que los padres representan. Porque, más allá de cierto autoritarismo que ejerzan o pretendan ejercer, lo que prima en ellos son los valores, aquello que inculcan desde el amor.
Un niño que ha crecido buscando comida en un basural; presenciado a sus padres atendiendo vicios propios antes que desenredar su cabello enmarañado y negándosele un "Te quiero", mal puede valorar a esos seres que buscaron nazca o fruto de una borrachera o sobredosis. El respeto, cariño y atención no se adquiere en un escaparate, se siente y alimenta día a día.
Si ayer fuimos víctimas de maltrato o ignorados, si tuvimos miedo a nuestros padres, no es determinante para actuar de manera que estos hoy nos teman. Todo ser humano tiene limitaciones, no existe una ley que obligue o prohíba sentimientos, está dentro de nuestra racionabilidad entender que nadie debiera tenernos miedo, mucho menos nuestros padres.
El hecho de ser personas libres, que pueden tomar sus propias decisiones, no nos obliga a apartarnos de sentir con el corazón, a manifestar nuestro afecto y agradecimiento. No debemos olvidar que ellos, en busca de que no nos falte lo material, es probable que no hayan sabido enseñarnos a dar amor.
Los hijos no son el enemigo solo porque algunos infundan miedo; son claros ejemplos de un destino que se labra a lo largo de un extenso camino: su propia vida.




