Respira profundo. Mientras termina de recoger los papeles de la cooperativa, de la que es miembro fundador, espía la imagen a través del vidrio. Vislumbra la escena que transcurre al otro lado de la calle, pero también su propio reflejo, su perfil desgastado, el brillo de las canas, el torso que permanece desnudo por las eventualidades del calor. Se viste con la remera blanca que descansa en el respaldo de la silla, y guarda lo que necesita en el bolso negro: documentos, billetera, celular. Luego atraviesa la puerta lateral y activa el portón del garaje con el control remoto. Se sube a la Adventure roja, baja la ventanilla y le da encendido. Una canción del Indio comienza a sonar automáticamente en el estéreo. "El tesoro de los inocentes"… Un cosquilleo merodea por su nuca. Pone primera y sale despacio. Ella sigue ahí. Tantos años y su corazón aun se conmueve. Tiene el pelo largo, como siempre, y la silueta con esa redondez tímida que llega con la madurez pero que no le resta un ápice de esa elegancia natural, de ese magnetismo que tantas mujeres le envidian -¡Que lástima que esté de espaldas!- piensa mientras se acomoda los lentes oscuros - Lleva una blusa celeste… ese color le queda tan lindo… y la pulsera de plata que le regalé para su cumpleaños…