Del cielo empezaron a caer diminutas partículas granizadas. Tan sutiles que parecen ceniza suspendida en el aire, depositándose gradualmente en el suelo y en las hojas. Por la amplia ventana del comedor noto que el sendero se cubre de blanco, y suspiro. Mañana no podré salir de casa. Los caminos, en mal estado, estarán intransitables. Días atrás, observando las huellas profundas de la calle, a causa de las lluvias y la falta de mantenimiento, decidí a pesar de mis años y la fragilidad de mi columna, agarrar la pala e intentar mejorar un poco las condiciones para poder bajar con mi auto. Si algún vecino me vio durante las dos horas que estuve tirando piedras en los surcos y rompiendo la greda helada de los bordes para rellenar, se hizo el distraído. En este momento, lamento tanto esfuerzo inútil. Muchos creerán que es una labor dura para una mujer, pero la vida más apegada a la naturaleza requiere hacer cosas que en la ciudad no son precisas.

































