"Vos sentate en una mesa al fondo, cerca de los baños y pedite una de muzarella", me había ordenado el Brujo y eso hice. Hubiera preferido una más cerca de la puerta porque odiaba sentarme cerca de los baños, pero no le dije nada. Desde la muerte del General, nadie más le decía Lopecito.
Agrandado como estaba, no era cuestión de andar jodiendo. Mientras me pagara extra por el trabajo, no iba a hacer cuestión por una mesa. "Te va a ubicar enseguida. El Rata te va a ubicar. Vos no te preocupés. Él te va a ubicar". Nunca me había tocado trabajar con El Rata. Y nada de apellidos. Para lo que tenía que hacer no hacían falta los apellidos.
Cuando lo vi acercarse me di cuenta enseguida por qué le decían El Rata. Tenía cara de rata. La nariz y la boca le sobresalían de la cara; la frente y el mentón hundidos. A penas podía cerrar la boca por los dientes salidos hacia adelante. Flaco, medio jorobado, la campera negra de cuero le quedaba grande, como si no fuera suya. Venía con un diario debajo del brazo.
"A vos te toca vigilarlo", dijo apenas se me sentó enfrente. "Está en la lista". Abrió La Capital y me mostró una foto donde el doctor estaba hablando en un encuentro de médicos. "Te vas a Rosario y te instalás por unos días. Cerca de la Terminal hay muchas pensiones baratas. Te instalás y lo vigilás".
El mozo se acercó con la pizza, la cerveza y un solo vaso. "Traé otro para el señor", le dije al mozo, "…y dos cubiertos". Después le pregunté al Rata si quería tomar cerveza o un vino. "Yo no tomo cuando trabajo", dijo El Rata. Y me clavó la mirada desde el fondo de sus ojos chiquitos.
Raro lo que sentí. Me puso incómodo. Cuando vino el mozo con los cubiertos y el vaso, El Rata le pidió una soda. No hablamos mientras comíamos la pizza. "Avisá cuando tengas ubicados los lugares posibles. Nosotros, nos encargamos del resto".
Tomé el tren esa misma noche. Quería terminar cuanto antes. En dos semanas, tenía otro encargo que atender. Al doctor lo ubiqué enseguida. El día siguiente empecé a seguirlo y a descubrirle las rutinas.
Lo sigo como si fuera su sombra. De lejos para que no se dé cuenta, pero sin perderlo de vista. Hasta me anoto para que me atienda en el hospital. Me revisa y pide que me hagan una placa. Mientras espero, lo veo pasar con sus alumnos. Los chupamedias vestidos de blanco lo siguen por el pasillo.
Van a ser doctores como él. Profesores que enseñan cómo se cura a los pobres y a los tuberculosos. Ni que fueran Jesús y los discípulos. Y se van a atracar a las enfermeras, eso seguro.
El doctor es un hombre previsible. Sale temprano de la casa y regresa muy tarde. Va al hospital, al sanatorio, se reúne con colegas, vuelve al hospital. Pan comido. Lo van a emboscar. Lo van a acribillar aquí mismo en el hospital, o en la callecita donde estaciona el auto. Le van a cortar la salida cruzándole un patrullero en la esquina.
Flor de ratonera le van a armar. Aunque él, el doctor, crea que ese día es un día como cualquier otro, ese día va a dejar la sangre desparramada en el suelo o en el pavimento secándose al sol. Van a pasar por ahí sus alumnos y van a decir: "Aquí lo asesinaron. Aquí".
Regreso a Buenos Aires. Paso el informe con los movimientos habituales del doctor, los lugares y los horarios. Del resto, me voy a enterar cuando salga en el diario. Ya hice lo mío. "Uno tiene un trabajo y una familia", pienso mientras entro a mi casa…
Lo balearon el 12 de septiembre. Quedó tirado, casi muerto, en un charco de sangre, en la vereda de una calle de Rosario, cerca del hospital donde trabajaba. Murió al tercer día, internado en el sanatorio donde también trabajaba, el 15 de septiembre de 1974.
En una entrevista, mucho tiempo después, la sobrina del doctor, la que escribió el libro "Sal de sangres en sangre", preguntaba: ¿Queda un elemento disecado como sal? Y en esa sal, ¿qué se mantiene del que la tuvo circulando en su cuerpo? ¿Las guerras que atravesó en vida? ¿Los momentos en que sintió que las perdía? ¿Sus miedos? ¿El fuego que le dio vitalidad y que lo consumió? ¿La manera en que fue asesinado?
Pero eso ya no importa. Ni siquiera podría intentar una respuesta. Porque lo único que me viene a la mente son los pequeños detalles de cada uno de mis encargos. Lo veo al doctor y a los otros. El doctor y sus alumnos. El doctor cuando me atendió. El doctor saliendo del hospital, como si estuviera vivo.
Hasta llego a desear que El Rata se encargue de mí para que todo termine de una buena vez.