Hay mañanas que no despiertan por fuera, sino por dentro. Hoy fue una de ellas. Algo en mí se quebró dulcemente, como si una brisa interna barriera el polvo de una enseñanza olvidada: hay que aprender a pedir. No como lo hacía aquel niño que fui, con la vergüenza tatuada en las mejillas al extender la mano por un pan o un abrigo.



































