Esta "rara avis" no tiene explicaciones en las internas del propio peronismo. Tal como lo analizamos anteriormente, fue la muerte de Lifschitz -Cisne Negro- la que sedujo al rossismo a desempolvar su viejo afán de la Casa Gris como únicos inquilinos y sin compartir baños ni dormitorios. El ex ministro de Defensa, cual si fuese un adolescente con sus hormonas brotando, no pudo disciplinar a la insoportable levedad de su ser y fue por el amor, no correspondido, del electorado santafesino. Hizo abandono de su hogar materno, desoyó los consejos de CFK y quedó más cerca de volver a la ingeniería que del gobierno provincial. Tiene una última carta, pero para jugarla deberá estar demasiado a ras del suelo para solicitar piedad. El rossismo, como expresión territorial, terminó.