Finalmente, emerge en la visión weiliana el concepto de gracia, esa bendición inmerecida que desciende a levantar al ser humano por encima de las leyes de la necesidad. Venise sauvée puede leerse, en su desenlace, como una tragedia de la gracia: la salvación de la ciudad ocurre no por cálculos humanos ni por fuerza, sino por un instante de gracia que toca el corazón de un conspirador. Jaffier es súbitamente elevado por encima de la "gravedad" de sus circunstancias -la inercia de la traición y la violencia- gracias a un impulso de compasión que no viene de su egoísmo, sino de algo más alto. Simone Weil, en su obra La pesanteur et la grâce -La gravedad y la gracia-, distingue entre el peso que nos ata a lo terreno -ambición, miedo, venganza- y la gracia que nos libera hacia el bien. En la salvación de Venecia, la gracia aparece como la belleza misma de la ciudad, que actúa como intermediaria divina. No es casual que Weil otorgue a la belleza un rol semejante al de la gracia: "…La belleza del mundo es la sonrisa de ternura de Cristo hacia nosotros a través de la materia…". Esta metáfora cristiana nos dice que en la hermosura tangible -la "materia" de una ciudad, por ejemplo- brilla una inclinación amorosa de Dios, un regalo no merecido que nos invita a corresponder con amor. La gracia, entonces, se manifiesta en la arquitectura cuando ésta consigue trascender la mera utilidad y habla al alma.