"En una mesa esquinera, un niño de alrededor de 12 años y un hombre esperaban que les sirvieran el almuerzo.
"En una mesa esquinera, un niño de alrededor de 12 años y un hombre esperaban que les sirvieran el almuerzo.
- Mauro, ¿viste que se viene un fin de semana largo? Podríamos armar algo para ir a pescar o salir con las bicis por la costanera si está lindo – dijo el hombre, buscando la mirada del niño.
Mauro no respondió. Tenía el celular sostenido con ambas manos, a quince centímetros de la cara. Sus pulgares se movían a una velocidad asombrosa, saltando de un video a otro en un bucle de música de fondo.
-Mauro, te estoy hablando - insistió el hombre, estirando la mano para tocarle suavemente el brazo.
-Sí, pá, te escuché lo del río... - murmuró el niño, sin desviar ni un milímetro la mirada de la pantalla.
Llegaron los platos. El papá esperó un momento, observando cómo su hijo, de manera totalmente automática, estiraba la mano para agarrar la comida mientras la otra seguía sosteniendo el celular, como hipnotizado.
-¡Ey!, cortala, Mau. Guardá el celular en la mochila, así almorzamos y charlamos un rato. Me gustaría saber cómo te va en la escuela - dijo el padre, esta vez con un tono más firme.
Mauro soltó un resoplido, mezcla de fastidio y aburrimiento instantáneo, apagó la pantalla y apoyó el aparato boca abajo sobre la mesa. Pero la desconexión duró poco y, a los tres minutos, el silencio se volvió denso. Mauro pinchaba la comida con la mirada perdida, respondiendo con monosílabos. Sus ojos se desviaban de reojo cada vez que el aparato vibraba sobre la madera. Parecía un náufrago esperando que lo rescaten de la tortura de tener que conversar.
El papá lo miró en silencio y la irritación que sentía empezó a transformarse en un nudo de culpa en el estómago. Se acordó de Mauro a los 3 años, llorando en un restaurante porque la comida tardaba, y de cómo él, desesperado por un poco de paz, le ponía el teléfono en las manos, para que mirara videos de dibujitos. Se acordó de las tardes de lluvia en casa, donde en vez de sentarse a jugar a las cartas o armar un rompecabezas con él, era más fácil prenderle la tablet para poder terminar de trabajar o mirar la tele tranquilo. ¿De qué podía quejarse ahora si había sido él quien le había enseñado que cada vez que el mundo real se ponía un poco aburrido, incómodo o lento la solución estaba adentro de una pantalla?
-¿Qué pasa, pá, por qué me mirás así? - preguntó Mauro, extrañado por el silencio de su padre.
El papá suspiró, corrió el plato a un costado y, por primera vez en mucho tiempo, decidió no enojarse, sino empezar a reparar el daño.
-Estaba pensando en los errores que cometí, así que ahora te invito a que comamos esto rico, tratando de mirarnos a los ojos y charlando como, realmente, hace mucho tiempo no hacemos. Vamos a ver qué nos sale"
La crianza pantallocéntrica es un término que se utiliza en la actualidad para describir un estilo de crianza donde las pantallas (celulares, tablets, computadoras, televisores) se convierten en el centro de la dinámica familiar y en el principal recurso para regular las emociones de los niños. En lugar de recurrir a la interacción humana, las palabras o el acompañamiento físico de padres educado a sus hijos, se utiliza un dispositivo digital como una especie de "chupete electrónico", "niñera" o mediador constante, que termina suplantándolos. Este tipo de comportamientos parentales se ven en lo cotidiano, cuando se usa un celular o una tablet de inmediato para calmar un berrinche, apaciguar un capricho o hacer que el niño se quede quieto en un restaurante, auto, colectivo o sala de espera; cuando los dibujitos animados o los videos cortos reemplazan los momentos de charla, las miradas directas y el juego compartido; o cuando son los mismos adultos quienes están inmersos en sus propias pantallas, ignorando las llamadas de atención o los intentos de comunicación de los hijos.
Aunque las pantallas son una herramienta excelente para el aprendizaje y el entretenimiento si se usan de forma medida, el pantallocentrismo puede traer consecuencias serias en el desarrollo infantil. Si cada vez que un niño se aburre o se enoja recibe un estímulo visual de alto impacto que lo distrae, no aprende a procesar ni a autorregular sus propias emociones. Por otra parte, el lenguaje se aprende e incorpora por imitación y decodificación de gestos, y una pantalla es un canal unidireccional que no responde a los balbuceos o preguntas del niño en tiempo real. Asimismo, la sobreestimulación por la luz azul y los algoritmos diseñados para retener la atención y hacerse adictivos pueden generar ansiedad, dispersión y problemas para conciliar el sueño.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de invitar a reflexionar sobre la importancia de dosificar su uso, seleccionar los contenidos y trabajar en recuperar la mirada, la palabra y el aburrimiento como motores esenciales para aprender.





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