Aún convencido que ya nadie juega al fútbol profesional por "amor a la camiseta" (eso murió con la Pintier), siempre estuve aferrado que el problema de Colón no era plata. No pasaba por arreglar o no arreglar los famosos premios. Estaba más que claro, viendo la marcha del equipo, que había que arreglar otras cosas en el Mundo Campeón. Superada esa fantasía pesetera que tienen los hinchas cuando la pelotita no entra en cualquier club del mundo (en la Argentina de estos tiempos, peor aún), quedó al desnudo con los últimos 180 minutos que el problema no pasa por un papelito, acta-acuerdo o contrato de partes con valor jurídico. Muerto el perro, sigue la rabia.



































