Había gente por todos lados. En Santa Fe, despidiendo al plantel cuando estaban en el predio, cuando viajaban hacia el aeropuerto y en Sauce Viejo mismo. En Brasil, los aeropuertos se llenaban de gente con camisetas de Colón. Todos, sin excepción, vivían la emoción de sentirse protagonistas de un momento histórico, de incalculable valor. Emocionados, algunos que peinaban canas recordaban los tiempos “en los que jugábamos en esas canchas sin pasto, con alambrados oxidados y contra equipos como Flandria o los de la C”. Y se animaban a hacer cálculos de la gente que iría a Asunción del Paraguay en el caso de que se llegue a la final. Pero para eso falta saltar un obstáculo duro el jueves en esta Belo Horizonte que nos recibió con una temperatura de 27 grados que, de a poquito, fue disminuyendo producto del fuerte viento. Con esa condición climática llegó Colón a Brasil, al aeropuerto ubicado en la zona de Confins y con rumbo directo al hermoso hotel de la zona de Ouro Minas, donde el plantel “velará armas” para quedarse el jueves con la gran alegría de llegar a una histórica final.



































