El pibe tomó la lanza. Maidana pisó la pelota como si se tratara de un “10” pletórico de virtuosismo y metió el centro. Barisone metió el cabezazo. La pelota se fue abriendo, alejándose de ese grandote “con pinta de boxeador ruso”, como escribió Darío Pignata en su comentario, de apellido Migliore. Entró junto al palo derecho del arco de la redonda. La explosión se escuchó en el norte y en el sur, en el este y el oeste. El pibe que desde los 4 años iba a la escuelita quedó apretado allá abajo, en la montaña humana. Gerardo, María Rosa, Ornela , Renata, Cuqui y Ángel no sabían si gritar, llorar, se abrazaron todos, todos. Todos querían llamarse Barisone esa noche. “Estoy emocionado, no lo puedo creer, llegué a este club de niño, esto es lo más grande que me pasó en la vida”, le contaba a la TV pública con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta que tardó minutos en desatar. Mientras tanto, el 15 de Abril repleto, vibrante, emocionado, no paraba de saltar. Se movía. Juro que se movía. No había jugado Avendaño, el patrón de la defensa esa noche. Pero apareció el pibe Barisone, el que aprendió a gatear en el club. Esa noche era de Gerardo, de Maria Rosa, de Ornela, de Renata, de Cuqui y de Angel, sus familiares directos. Era la noche de Roberto Meza, de Carlos Lugli y de Javier Cancellieri, sus técnicos de inferiores. Era la noche de Jorge Mauri, el caudillo de la defensa en el ’89, al que Diego quería muchísimo. Era la noche también de sus amigos. La noche del Memo Montero, de Nico Bruna, de Cuqui Márquez, que jugaban con él en inferiores. La noche de sus amigos del club, de Zurbriggen, de Nereo, Rosales, Tarrito Pérez. Algunos estaban ahí, presentes, otros ya no. Pero todos gritaban ese gol con lágrimas en los ojos.