Iban solo 26 minutos de un partido en el que no pasaba absolutamente nada y lo de Unión era de una previsibilidad e impotencia alarmante, cuando se empezó a escuchar desde los cuatros costados el clásico “a ver si pueden oir los jugadores…”, seguido de otro canto de “guerra”: “Movete tatengue movete, movete, dejá de joder…”. En ese momento, Gonzalo Ríos había metido un chanfle en el travesaño que hizo reaccionar a la gente para que reaccione el equipo. Unión no había llegado nunca al arco de Sanguinetti, adolecía de fútbol en el medio y su aporte ofensivo se reducía a centros improductivos e imprecisos que no inquietaban a un equipo que también desparramaba limitaciones y mediocridad.


































