Dr. Hugo D. Valderrama - Médico neurólogo - Máster en Neurociencias (Mat. 5010)

Dr. Hugo D. Valderrama - Médico neurólogo - Máster en Neurociencias (Mat. 5010)
Nada supera en este momento la urgencia frente Covid-19 y su repercusión sobre la esfera biopsicosocial: así debe ser. Pero es muy difícil pasar por alto diferentes consecuencias a partir del aislamiento de los seres humanos a nivel mundial, entre ellas sobre el medioambiente. Están siendo estudiadas —e informadas por los medios— temáticas que van desde la rápida disminución del nivel de contaminación ambiental, hasta la observación a simple vista de comunidades con espacios públicos más limpios.
La salubridad es un derecho que muchas poblaciones carecen, donde los servicios y condiciones necesarias para que sea factible se encuentran disminuidos o inexistentes. Pero en muchos sectores que sí tienen a disposición la infraestructura y servicios, quedó expuesto que sólo pueden permanecer limpios cuando sus habitantes están aislados por una pandemia. La causa parece ser obvia: hubo mucha menor cantidad de transeúntes transitando en la vía pública que, teniendo aquellos recursos y servicios, arrojan habitualmente desperdicios en calles, veredas o parques.
Cuando una persona arroja basura donde no corresponde sin tener consecuencias, se activa un recorrido neuronal que se vuelve más definido y más fácil activar cada vez que lo vuelva hacer. Muy pronto, ese camino neuronal del mal hábito se convierte en el defecto inconsciente y el cerebro, que quiere ser eficiente, sólo tomará luego la ruta más fácil y familiar. A su vez, otra persona puede observar y llegar a imitar con las que llamamos “neuronas espejos”, herramientas de aprendizaje por imitación simple que utilizamos todos, pero principalmente los chicos más pequeños.
Son múltiples los factores que pueden intervenir en la formación de un hábito, y en este caso la educación y el ejemplo desde el núcleo familiar son esenciales. Pero también, puede aparecer la irracionalidad en los procesos de razonamiento, como el “sesgo de falso consenso”, cuando la persona que arroja residuos a la vía pública piensa que la gran mayoría actúa de la misma manera.
Hay un sesgo en particular, que en estos momentos puede cambiar y ser un impulso para un nuevo hábito. Es el “punto de anclaje”, la tendencia de los seres humanos en “anclarnos”, en centrarnos en la primera pieza de información que recibimos, para luego hacer juicios o tomar decisiones. Cuando el ambiente de una ciudad es sucio, es propenso de ser tomado como referencia por aquellos que no tiene incorporado el hábito de respeto e higiene por los sectores comunes.
Durante la cuarentena obligatoria, los servicios de recolección de residuos y limpieza de la ciudad de Santa Fe siguieron funcionando. Al estar aislada la población, dio tiempo para que alcanzaran a limpiar con más detalle aquellos residuos que son día a día arrojados por cualquier lado, menos donde corresponde. Cuando pueda salir nuestra población del aislamiento, tendrá la oportunidad de modificar aquel “punto de anclaje”, al observar sectores realmente limpios como hace mucho no estaban.
Entre los incentivos básicos para cambiar hábitos se encuentran el temor o castigo, la recompensa o premio y la motivación interna. Hay países que han utilizado uno de ellos, y otros la combinación de algunos de estos incentivos para un mayor éxito. Hablamos tanto sanciones como recompensas económicas (por medio de máquinas de reciclaje en la vía pública, que devuelven monedas o billetes), como de campañas de educación comunitaria. Los que lograron resultados positivos, cambiaron los puntos de anclaje para la educación, disminuyeron el gasto público en limpieza y posibilitaron que ese servicio (mantener limpio el espacio público) sea brindado con mayor equidad. Una ciudad más limpia por circunstancias excepcionales quizás sea una oportunidad para poner estas u otras estrategias en marcha.




