A finales de la década de 1940, un piloto norteamericano llamado Kenneth Arnold se encontraba a unos 90 kilómetros al sureste de la ciudad de Seattle cuando observó nueve objetos voladores extraños. Indicó que se asemejaban a “platos voladores”. A partir de la enorme difusión que tuvo la historia, el término pronto quedó incorporado en el imaginario popular.

































