El 28 de septiembre de 1983, Evaristo Franco corrió espantado unos metros que parecían estirarse, esquivando tablas que se partían y cables que volaban. Un temblor y otro, un estruendo, el mundo alrededor se derrumbaba, pero su reacción desesperada salvó su vida por apenas un guiño de tiempo. Detrás de él, la corriente se llevaba gran parte del emblemático Puente Colgante, producto de la desidia de los sucesivos gobiernos. El oriundo de Alto Verde que estaba evacuado en la Estación Belgrano por la inundación, sin saberlo, sin buscarlo, fue testigo y víctima de un hito, para la eternidad.



































