Se lo podría describir como una suerte de "cazador" de la luz. Un émulo de Franz Marc que se dejó conquistar por las sierras cordobesas y que, en lugar de centrarse únicamente en caballos, pintó vacas, cabras, chivos y bueyes.
Está considerado como un gran exponente del animalismo y un especialista en contraluces. Aunque viajó por Europa, trabajó muchísimo en la provincia mediterránea. Vacas, cabras, bueyes y caballos son protagonistas de sus pinturas.

Se lo podría describir como una suerte de "cazador" de la luz. Un émulo de Franz Marc que se dejó conquistar por las sierras cordobesas y que, en lugar de centrarse únicamente en caballos, pintó vacas, cabras, chivos y bueyes.
Lo cierto es que, a 134 años de su nacimiento, ocurrido el 1 de julio de 1892 en Buenos Aires, la obra del artista plástico Luis Adolfo Cordiviola puede analizarse en dos etapas.
La primera es la del paisajista que aprendió mucho en Europa y quedó fascinado por Mallorca. La segunda, la del animalier que otorgó belleza pictórica a los animales domésticos, a diferencia de Julia Wernicke -de quien hablamos en esta sección-, dedicada principalmente a los animales salvajes.
Cordiviola cursó estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes, donde obtuvo el título de profesor de Dibujo en 1916. Antes de eso, en 1912, una beca del Gobierno nacional lo llevó a Francia, donde frecuentó las academias Grande Chaumière y Colarossi, además del taller del pintor Louis Anquetin.
En ese París de principios del siglo XX absorbió motivos urbanos y campestres: la plaza Montrouge, las orillas del Marne y los reflejos del Sena. Pero fue en 1914, durante un viaje a Mallorca, cuando algo cambió definitivamente en su mirada.
Allí compartió escena con otros argentinos radicados en Europa, como Francisco Bernareggi y Tito Cittadini, hasta que el estallido de la Primera Guerra Mundial lo obligó a regresar.
La luminosidad balear, sin embargo, no se borró de su memoria. Su obsesión fue la búsqueda de una claridad capaz de revelar cada objeto sin disolverlo: una pintura que tomara del impresionismo el estudio de la luz sin renunciar a la solidez de las formas.
Esa búsqueda terminó llevándolo a las sierras de Córdoba. Fue en Cabalango, una villa serrana del departamento Punilla, donde dejó de ser principalmente un paisajista para convertirse en un animalier.
Vacas, terneros, cabras, chivos, bueyes y caballos pasaron a ocupar el centro de sus telas, modelados con una precisión que deja en evidencia su formación como dibujante y su profundo conocimiento de la anatomía animal.
Según la galería Zurbarán, Cordiviola fue "el pintor animalista por excelencia del Arte de los Argentinos", capaz de plasmar a sus animales "con dibujo ajustado y vigoroso".
Hubo en Cordiviola una sensibilidad capaz de captar la intimidad de lo representado, una dimensión que excede el registro naturalista y que también se manifestó en otra faceta de su producción: el desnudo y el dibujo de tinte caricaturesco.
El rigor analítico del animalista y la libertad del caricaturista dan cuenta de la complejidad de un artista que no se conformó con un único registro. Aun así, el paisaje cordobés terminó convirtiéndose en el ámbito más reconocible de su obra.
Existe una carta que le envió el pintor Bernardo Cesáreo de Quirós, fechada en Buenos Aires el 20 de octubre de 1944, tras una visita a su casa.
El texto integra el archivo epistolar de la familia Cordiviola y fue publicado por la investigadora Valeria Sorcinelli en su trabajo sobre la Casa Museo Cordiviola-Merzbacher para la Revista Cruz del Sur.
"Su casa es usted mismo en su compañera identificado en las exigencias del espíritu", le escribe, en una imagen de notable riqueza que une al artista, su hogar y su entorno.
La luz que Cordiviola "enciende en los cielos de sus cuadros" reaparece, para Quirós, en el patio, en el árbol, en el tejado y en la vieja tinaja. Es la misma diafanidad que el pintor persigue en sus paisajes, trasladada esta vez al plano doméstico.
Sorcinelli afirma que esa carta, leída desde el presente, deja en la sombra a Riccarda Merzbacher, compañera de Cordiviola, artista textil y ceramista que administró su obra e impulsó la transformación de la casa familiar en un museo.
Esa correspondencia, sostiene la investigadora, los construye como protagonistas del mito del artista, relegando a Merzbacher pese a su papel decisivo. Es un matiz que el propio archivo, hoy en proceso de revisión, busca corregir.
Desde 1942, Cordiviola dividió su vida entre su casa de San Isidro y su hogar en Tanti. Durante esos años también retrató su barrio bonaerense: las viejas esquinas y el arroyo Sarandí, con sus sauces costeros y sus lanchas, aparecen como la contracara de las sierras cordobesas.
Murió en San Isidro en junio de 1967, pocos días antes de cumplir 75 años. Dejó una obra depurada hasta el dominio técnico, pero nunca vacía. En ella permanece la huella de un pintor que encontró en la luz de las sierras cordobesas aquello que deseaba comunicar.
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