El 23 de julio de 1966, El Litoral recordó en una columna publicada en su página 3 el nacimiento de Carlos Enrique Pellegrini, ocurrido un siglo y medio antes. El diario lo definía como el "notable pintor que tanto influyó en nuestra cultura".
Llegó al Río de la Plata contratado para realizar obras hidráulicas, pero los cambios políticos alteraron su destino. Convertido en pintor y retratista, dejó uno de los testimonios visuales más valiosos de la Buenos Aires del siglo XIX.

El 23 de julio de 1966, El Litoral recordó en una columna publicada en su página 3 el nacimiento de Carlos Enrique Pellegrini, ocurrido un siglo y medio antes. El diario lo definía como el "notable pintor que tanto influyó en nuestra cultura".
Aunque existen discrepancias sobre la fecha exacta de su nacimiento (otras fuentes la ubican el 28 de julio), este artículo adopta la del 23, respaldada por una investigación del historiador José Pedro Thill.
Lo curioso es que Pellegrini nunca imaginó ser artista. Había llegado al Río de la Plata para trabajar como ingeniero. Pero una crisis política cambió su destino y lo llevó a ser uno de los retratistas y cronistas visuales de la Buenos Aires del siglo XIX.
Tras formarse como ingeniero en Europa, Pellegrini desembarcó en Buenos Aires en 1828 contratado para participar en obras hidráulicas. Pero una serie de acontecimientos políticos dejaron trunco aquel proyecto.
Para ganarse la vida comenzó a pintar retratos. La sociedad porteña, poco habituada al trabajo de un artista formado en Europa, recibió con entusiasmo al francés, que pronto fue uno de los retratistas más solicitados de la ciudad.
José Emilio Burucúa recuerda una carta en la que Pellegrini describía a Lucía Carranza de Rodríguez Orey como una de "las náyades del Plata", cuya belleza el pincel intentaba reproducir "vanamente", en lugar de dedicar "sus hebras en cierto gran proyecto de canal o de puente o en otra empresa semejante". La ironía da cuenta del cambio de rumbo de su vida: el ingeniero ahora era pintor.
Sin embargo, su aporte fue mucho más allá del retrato de encargo. Empezó a registrar la ciudad que tenía delante: el Cabildo, la Catedral, la Recova, el Fuerte, las calles, las plazas y los edificios públicos.
También fijó en sus obras escenas de la vida cotidiana, ceremonias religiosas, fiestas cívicas y reuniones sociales de una Buenos Aires que hasta entonces había sido poco representada con ese grado de detalle.
Por eso el crítico José León Pagano lo definió como un "ingeniero frustrado para bien del arte". Pintor, dibujante, litógrafo, costumbrista, escritor y periodista, desarrolló una obra difícil de encasillar en un solo oficio.
La historiadora Patricia Corsani señala que, instalado en la casa de Miguel de Azcuénaga frente a la Plaza de la Victoria, observó minuciosamente la Recova antes de representarla en una de sus obras.
Esa misma mirada se extendió luego a iglesias, interiores, ceremonias y tertulias porteñas, dejando uno de los registros visuales más completos de la ciudad en la primera mitad del siglo XIX.
Su obra más conocida es el álbum litográfico Recuerdos de Buenos Aires, una serie de escenas que retrata tipos sociales, oficios urbanos y costumbres del Buenos Aires rosista con un nivel de detalle inédito para la época.
Lo que distingue ese trabajo artístico es el método. Formado como ingeniero, observaba la realidad con el rigor de quien había aprendido a medir, describir y registrar con precisión.
Esa disciplina se refleja en los edificios, la vestimenta, los oficios y las escenas callejeras. Gracias a esa mirada minuciosa, el álbum constituye un documento histórico de enorme valor.
La pintura no agotó su participación en la vida cultural porteña. También fundó la Revista del Plata, publicación en la que escribió sobre arte e historia y desde la cual contribuyó a pensar el desarrollo artístico del país.
Su actividad fue aún más amplia. Diseñó los planos del primer Teatro Colón y ejerció tareas de ingeniería, agrimensura y administración pública. También fue el padre de Carlos Pellegrini, presidente de la Nación entre 1890 y 1892.
Murió el 12 de octubre de 1875. Pero gracias a sus pinturas es posible recorrer la antigua ciudad de Buenos Aires y descubrir cómo eran sus calles, sus edificios y la vida cotidiana de quienes la habitaron. Más que un pintor, Carlos Enrique Pellegrini fue el gran cronista de una época.
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