A veces uno se pregunta si realmente sirven, como medida, esta clase de amistosos. Insisto en que seguramente los técnicos dirán que sí, probarán variantes, jugadores, movimientos y estrategias. Pero inevitablemente se puede caer en el pecado de jugar con cierta displicencia. No porque se le falte el respeto al rival, sino porque la diferencia entre el que se sabe superior, por sobre el inferior, es tan grande que el superior (en este caso Argentina), sabe que no hay riesgos. Mucho más cuando se consigue el primer gol cuando iban 3 minutos, se cierra el segundo tiempo con el 2 a 0 y se lo termina –en cuanto al resultado- en la primera jugada de la parte final.


































