—Cuando uno tiene un comercio o un negocio, tiene dos estímulos. Si está en una economía inflacionaria, tiene estímulos a quedarse con el capital. Cuando tengo un salto inflacionario, tengo un crecimiento en valor de capital. Por lo tanto, mis estímulos no son a rotar la mercadería y vender, sino que están puestos al revés: a quedarme con la mercadería, a esperar que pase el tiempo para que haya un salto de precios, que se traslada automáticamente a la mercadería. Y como los salarios son los últimos valores que se actualizan luego de que aumentan los bienes y servicios y se ve el dato de inflación, me termino apalancando con la plata de los empleados. En cambio, en una economía con inflación constante o decreciente, cambian los estímulos y cambia la respuesta. Mis incentivos están puestos de manera completamente contraria. Una empresa debería tener incentivo a vender más, a mejorar sus ventas, sus servicios, su estrategia de marketing, a rotar la mayor cantidad de mercadería posible, diferenciarse de un competidor, brindar mejor calidad, tener mejores procesos de producción y ser más rentable. Esto les permite a las personas predecir mejor qué hacer con su plata, tomar decisiones con más tiempo y pensar más a futuro.