María desliza el dedo por la pantalla mientras la profesora explica una consigna en el pizarrón. No toma apuntes. Responde mensajes en un grupo de WhatsApp que desborda de notificaciones. De pronto, una risa se escapa en medio del silencio y todas las miradas se giran hacia ella. El celular queda al descubierto y la escena se convierte en ejemplo de un dilema cada vez más presente en las aulas: qué hacer con los dispositivos cuando interrumpen la concentración y el clima de clase.


































