“Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenía una importancia muy secundaria; lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo”. Si alguna vez hubo vocaciones bien definidas en la historia de la literatura, Dylan Thomas es el ejemplo perfecto. El escritor galés que trascendió por sus obras rupturistas e innovadoras, pero también por su vida llena de excesos y por su particular voz, cuya sonoridad atraía multitudes en sus lecturas públicas y sus grabaciones.



































