“Todo parece indicar que al llamado de la vida, el escritor responde con un decepcionante desvío literario. Y, mientras más urgente se presenta ese llamado, mayor será el vicio de la literatura”, responde Francisco Bitar desde su ficción que nunca termina de apartarse de los límites fronterizos de la erótica que el ensayo representa para el autor. Que la muerte es el huésped de todas las posibilidades, no hay dudas, y el libro no viene a desnudar el realismo existencial. Que la muerte es injusta, es una verdad que José Pablo Feinmann buscó demostrar a lo largo de su obra, sintetizando el proceso sartreano en una idea de apariencia simple que escribió y repitió hasta el hartazgo: “nadie merece morir”. Y quien mejor que él nos demostró con su muerte la injusticia de la vida, imortalizándose en el momento que más se necesitaba de su letra.

































