-Cuando yo iba haciendo las canciones, en la cabeza me iban apareciendo instrumentos. Supe enseguida que era un disco más de guitarra criolla. Yo siempre compongo sobre la guitarra criolla, pero en el disco anterior (“Herencia”, 2015), esa guitarra criolla me llevaba a sonidos beatle. Ahí lo que sostiene las canciones es una banda más beat, donde el sonido de la guitarra eléctrica es el más importante. Pero acá fue todo lo contrario: a medida que iba haciendo las canciones, la guitarra criolla era importante. Y para que no hubiera un sonido atrás que la tapara, se me fueron apareciendo en la cabeza sonidos de cuerda, todo más madera. Cuando empezamos a hacer los arreglos sonoros con Diego Jansen, productor del disco, llegamos al acuerdo de que ese era el sonido: cello, violín, contrabajo. Y que la guitarra eléctrica que apareciera no fuera una aplanadora rockera que pasara por encima de todas esas texturas, sino que fuera sutil y dialogara con todos esos instrumentos. Se acerca más al sonido que hice con Rubén Olivera, donde eran dos guitarras criollas dialogando, y había una batería más acústica, un contrabajo, un piano. Aquí quise emular ese sonido, pero desde un punto de vista más moderno y más actual.