Lo que predomina es el humor físico y verbal, pero hay también algo conmovedor en Astérix. Más que la persistencia de una de las historietas europeas más famosas del siglo XX, la forma en que cada nuevo álbum reactiva una memoria colectiva.
El nuevo álbum, que acaba de publicarse en Argentina, recupera personajes y conflictos de la época dorada de la serie. Pero introduce una mirada sobre temáticas actuales.

Lo que predomina es el humor físico y verbal, pero hay también algo conmovedor en Astérix. Más que la persistencia de una de las historietas europeas más famosas del siglo XX, la forma en que cada nuevo álbum reactiva una memoria colectiva.
"Astérix en Lusitania", escrito por Fabcaro e ilustrado por Didier Conrad, se instala en un terreno fronterizo entre la aventura de la añoranza. Desde el cual se cumple con las expectativas del que hace décadas que conoce la aldea gala y del que llega recién ahora hasta esa húmeda región de Armórica.
No es casualidad que la historia se articule a partir de un personaje que llega desde el pasado. El lusitano que motoriza la acción no es un extraño, su historia está ligada a "La residencia de los dioses", aquel episodio en el cual el sueño civilizatorio de Roma cae ante la obstinación gala.
Eso, que podría leerse como un simple guiño, es en realidad una declaración de principios. Es que "Astérix en Lusitania" no mira hacia adelante sin antes mirar, con mucho cariño y respeto, hacia atrás.
En este nuevo capítulo, la nostalgia es el clima que envuelve toda la narración, dentro y fuera del texto. Está en los lusitanos, caracterizados con una melancolía que remite a una identidad cultural atravesada por la pérdida. Pero también está (y quizás con más fuerza) en los lectores, que vuelven a encontrarse con ese universo que tan bien conocen.
Es que están presentes la pulsión de Obélix por repartir tortazos a los romanos, la habilidad de Astérix para resolver situaciones, el ego insuperable de César, la resignación de los piratas. ¿Qué más se puede pedir?
Fabcaro entiende que continuar una saga como Astérix implica algo más que replicar una fórmula. Supone, en todo caso, dialogar en todo momento con un pasado que tiene nombres propios: René Goscinny y Albert Uderzo.
El conflicto central introduce a dos figuras que plantean, con inteligencia, problemáticas contemporáneas. Waduwadus, el gobernador que aspira a ser un dictador, y su asesor Ladinho, más preocupado por los privilegios que por el poder en sí mismo, constituyen una dupla eficaz.
No están, ni buscan estar, a la altura de Julio César. Pero son catalizadores de una trama que vuelve a poner en juego los mecanismos clásicos: el complot, la resistencia, la astucia de Astérix y la fuerza inagotable de Obélix, acompañados por Ideafix y, por supuesto, por la poción mágica.
Hay, además, apuntes críticos que remiten a debates actuales (como la edad jubilatoria, la concentración de poder de los países centrales). Están tratados con la ligereza que exige el tono general de Astérix, pero sin perder rigor.
Si la nostalgia es el clima, el humor sigue siendo lo mejor de la serie. Y es allí donde "Astérix en Lusitania" halla su fortaleza. El regreso del mercader fenicio Epidermis, las apariciones de los piratas (que, incluso en su brevedad, conservan ese aire absurdo tan propio de la era Goscinny) y las situaciones disparatadas reafirman una identidad que no perdió.
Basta repasar una escena: los galos disfrazados de lusitanos para infiltrarse en una cárcel y rescatar a un prisionero. En esa acción está contenido el espíritu de la saga y sintoniza con otras aventuras en el intento por trabajar lo lúdico.
En una obra donde el lenguaje es parte esencial del humor, la traducción adquiere un protagonismo singular. Los juegos de palabras, los dobles sentidos, las referencias culturales, todo tiene que ser reconstruido sin perder eficacia.
Aquí, el trabajo de adaptación al castellano logra algo muy poco frecuente, sonar cercano sin perder el espíritu original, sin volverse opaco. Obélix hablando casi en lunfardo (pregunta por un "chantum") o un personaje cantando una estrofa de Sui Géneris son guiños muy a la altura de las circunstancias.
"Astérix en Lusitania" no trata de reinventar la saga. Ofrece una continuidad consciente, una forma de mantener vivo un universo que podría haberse quedado dormido en los laureles, como le ocurrió una vez a Julio César. En ese equilibrio entre la memoria y la invención, el álbum encuentra su lugar.




