El 25 de enero de 1959, El Litoral publicó un extenso artículo firmado por el cineasta, teórico y docente Simón Feldman. El texto apareció en un momento en que el cine nacional atravesaba una crisis estructural.
El cineasta advirtió en las páginas de este diario sobre la crisis de la industria y la falta de apoyo al cine independiente. Un texto que, leído hoy, parece una radiografía del presente.

El 25 de enero de 1959, El Litoral publicó un extenso artículo firmado por el cineasta, teórico y docente Simón Feldman. El texto apareció en un momento en que el cine nacional atravesaba una crisis estructural.
Los géneros empezaban a perder efectividad y la industria miraba con desconfianza cualquier experiencia ajena al circuito comercial. La influencia de las nuevas olas europeas, en especial la francesa estaba a punto de irrumpir. Ese mismo año, Francois Truffaut presentó "Los 400 golpes".
La crítica especializada, mientras tanto, parecía más interesada en las estrellas internacionales que en los debates culturales de fondo.
El disparador fue la visita a Buenos Aires del cineasta escocés John Grierson, considerado el padre del documental moderno. Pero el artículo de Feldman es algo más grande que una crónica de ocasión.
Se podría decir que es una toma de posición clara respecto a qué cine hacía falta, qué cine se estaba ignorando y qué rol debía asumir la cultura frente a una industria cada vez más cerrada sobre sí misma.
"El cine es como un martillo con el que podemos ayudar a forjar el mundo de mañana". Con esa frase, atribuida a Grierson, Feldman abrió su análisis. El enfoque era el cine como instrumento de conocimiento, trabajo y cambio social.
Grierson había dirigido en 1929 "Drifters", un documental sobre la pesca que sentó las bases de lo que luego sería la escuela documental británica.
A su alrededor se formó un grupo de realizadores (Basil Wright, Paul Rotha, Harry Watt, Arthur Elton) que transformaron tareas cotidianas, procesos industriales y trabajos administrativos en relatos cinematográficos para interpelar al espectador común.
La consigna era clara: el documental no tenía por qué limitarse a describir la realidad, más bien tenía que revelar sus lados oscuros, motorizar modificaciones en base a eso.
Feldman detalla cómo, bajo la conducción de Grierson, el cine documental británico encontró poesía y drama en ámbitos impensados como el correo nocturno, las telecomunicaciones, los servicios públicos y la administración estatal.
Incluso, destaca el aporte del realizador brasileño Alberto Cavalcanti, capaz, según Grierson, de "meterse bajo la piel" del trabajo burocrático y dotarlo de una profunda dimensión humana.
Uno de los ejemplos más contundentes citados a lo largo del artículo es "Song of Ceylon", surgido como un "film extra” dentro de un encargo comercial sobre la industria del té.
Allí, el contraste entre el esfuerzo físico de los trabajadores y la voz fría de los mercados financieros sintetiza, sin explicaciones, el destino del trabajo en el mundo moderno. Para Feldman, ese era el documental en su máxima expresión.
Durante su estadía en Buenos Aires, Grierson apuntó que Latinoamérica era la región donde más costaba conseguir documentales auténticos. No por falta de temas, sino por la persistencia de miradas ajenas, paternalistas o coloniales.
El cineasta escocés criticó con dureza una película sobre Bolivia realizada por organismos internacionales, que mostraba a los pueblos originarios con condescendencia y a los extranjeros como héroes. "No permitan esas cosas", dijo. El reclamo era contar la propia realidad con lenguaje propio.
En ese marco, Grierson elogió experiencias incipientes del continente y destacó especialmente la labor del Instituto Cinematográfico de la Universidad del Litoral, cuya muestra en Montevideo consideró "un excelente punto de partida".
Uno de los tramos más críticos del artículo de Feldman apunta al escaso impacto mediático que tuvo la visita de Grierson en Buenos Aires. El silencio posterior, escribió, decía más que cualquier editorial. Los temas culturales profundos seguían relegados frente a la lógica del espectáculo y la industria.
La crítica cinematográfica, según Feldman, estaba dominada por cronistas antes que por críticos, más atentos a reproducir gacetillas que a analizar procesos. En ese escenario, el cine independiente argentino quedaba invisibilizado, sin salas, sin apoyo económico, sin contacto con el público.
Lejos del diagnóstico estéril, Feldman propuso caminos concretos. Habló de profesionalización, aclarando que no debía confundirse con comercialización. Insistió en la necesidad de un cine auténtico, capaz de dialogar con la literatura, la educación, la ciencia y la historia nacional.
También subrayó la importancia de descentralizar la producción, fomentar grupos de trabajo en todo el país y fortalecer el vínculo entre cine y cultura. Señaló dos herramientas clave para el desarrollo inmediato del cine independiente: el formato 16 mm y el cortometraje, por su economía, agilidad y potencia expresiva.
A más de seis décadas de su publicación, el artículo de Simón Feldman conserva una vigencia sorprendente. La concentración de pantallas, la dificultad de los proyectos independientes para acceder al público y la fragilidad de la crítica siguen siendo parte del debate contemporáneo.




