Thelma persistió hasta “acosar” un día al escritor Walker Percy, que acababa de ganar un premio importante y estaba dando un seminario en la Universidad de Loyola. Lo llamó por teléfono, sin éxito. Y entonces obligó a su hermano a disfrazarse de chofer y se calzó sus mejores galas, “con una buena dosis de polvos para el acabado final”, como cuenta Cory Maclauchlin en su biografía de Kennedy Toole. A Percy, esa emperifollada señora mayor le pareció una descendiente de alguna vieja familia sureña que hubiera conseguido mantener una parcela de plantación de algodón o de café. La anciana le entregó el paquete atado con sogas sin que Percy, caballero sureño al fin y al cabo, atinara a rechazarlo. Cuando llegó a su casa dejó el paquete librado al juicio de su esposa. Días después ella le dijo que valía la pena que leyera esos papeles. Percy declararía que leyó la novela con una constante incredulidad: “No era posible que fuera tan buena”.
Percy envió después el manuscrito al director de publicaciones de la Universidad de Loyola, y los dos primeros capítulos se publicaron en la New Orleans Review. Fue el primer paso hacia la publicación completa en la Universidad de Louisiana, en 1980. Pronto la crítica comenzó a repetir como un loro que esta novela era comparable a las obras de Dickens, Cervantes, Joyce, Rabelais, Chaucer, Shakespeare y Waugh. Desde entonces no ha dejado de ser con justicia un best-seller en todo el mundo. En 1981 se le otorgó el Premio Pulitzer. Lo recibió, radiante, Thelma.