En el albor de la década de 1950 Walt Disney era una marca registrada. La compañía consagrada al desarrollo de dibujos animados había gestado obras maestras de incontrastable jerarquía. “Blancanieves y los siete enanitos” (1937) fue el innovador ariete, reconocido por el público, la crítica y la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Y lo que vino después rozó lo milagroso. “Pinocho”, “Fantasía”, “Dumbo”, “Bambi” y “La bella durmiente” marcaron pautas que luego fueron seguidas por todos los que intentaron introducirse en el terreno de la animación. A tal punto calaron en el alma del público, que todavía hoy las infancias de todo el planeta se maravillan con aquellos personajes, que le ganan la pulseada a los productos generados a través de nuevas tecnologías.




































