Escuchaba el texto, veía esa onda expansiva que es Carolina Ramírez en el escenario, cubriéndolo todo con el catálogo de lo corporal, lo mínimamente gestual y el discurso, que alcanzaba dimensiones de obra puntillosa y aceitada, justa, bien urdida y bien cosida y en mi cabeza bailaban dos poemas. Resumían los dos costados indecibles de la obra. Uno el que escribiera Sabina, tal vez uno de los mejores de su producción, siempre tan despareja, sobre la contradicción de las relaciones: “Porque una casa sin ti es una emboscada / El pasillo de un tren de madrugada / Un laberinto sin luz, ni vino tinto / Un velo de alquitrán en la mirada. / Y me envenenan los besos que voy dando / y, sin embargo, cuando duermo sin ti contigo sueño / y con todas si duermes a mi lado / Y si te vas, me voy por los tejados / como un gato sin dueño / perdido en el pañuelo de amargura / que empaña, sin mancharla, tu hermosura”.