Roberto Schneider

Roberto Schneider
Hamlet nos mira. Tranquila y obsesivamente. Con lascivia. Con respeto. También con ímpetu y arrolladoramente. Con orgullo y con tentación. Nos pide que nos sentemos. Nos participa de lo que le sucede. Y empieza a jugar un juego que encerrará su historia, que puede (por qué no) ser la nuestra, con alguna alegría y con mucho dolor. El espíritu de William Shakespeare está sumamente presente en “Hamlet bueno para nada”, de Walter Arosteguy y Pablo Tibalt, que con un público atento se estrenó en Estudio Barnó.
Los temas de la pieza son tan antiguos y perdurables como la raza humana: ansia de poder, lujuria, infidelidad, crimen, venganza. La estructura dramática de Arosteguy y Tibalt y su riqueza verbal dan cuenta de un profundo trabajo de investigación a otro lugar y otros tiempos (los nuestros). Así el personaje cobra vida y se mueve con vehemencia ante los espectadores. Todo eso para probar la ubicuidad de Hamlet, siempre igual a sí mismo en los más variados entornos. Por eso tal vez la fuerza y la cercanía de este texto. No se traiciona al bardo inglés en lo más mínimo, sino que se lo recrea con una concepción que muestra la vigencia permanente de su concepción.
Los autores escogen la rebeldía para trazar su historia, que sin dudas atraerá a los jóvenes por su vitalidad y modernismo. Han encontrado en Pablo Tibalt el intérprete ideal para trasmitirla. Su Hamlet, por temperamento, rechaza la mentira, es incapaz de disimular y hasta llega a ser cruel. Pero el texto sobresale por el protagonismo de lo “queer”, que no es absoluto pero si efectivo y consciente. El resultado es absolutamente carente de los refinamientos intelectuales a los que otras versiones nos han acostumbrado. El Hamlet que Tibalt compone es una criatura pasional que descubre la verdad y lo hace de manera harto sensible, con entrega indisimulable a partir de la convicción clara de su compromiso.
Así lo pequeño se hace grande y “Hamlet bueno para nada” manifiesta una sensibilidad creativa pensada y elaborada. Mucho tiene que ver en los óptimos resultados el magnífico vestuario de Ignacio Estigarribia, el entrenamiento corporal de Paula Copello, el diseño de iluminación de Gabriela Trevisani y la fotografía de Josefina Tosetto. La dirección de Walter Arosteguy logra conducir a Hamlet por las insondables aristas de su personaje, en escenas muy trabajadas y en algunas, como la de la bolsa, que quedarán para nuestro recuerdo.




