En 1980, Zavaleta regresó de viaje. Fue a ver a Serú Girán y tomó nota: el rock ganaba adeptos, el público era genial. Hasta que llegó Malvinas. “Fue una patada en la cola”, recuerda. “Salimos impulsados hacia el espacio, en cuanto a éxito y cantidad de gente. Pero fue su defecto. Se convirtió en una rama del fútbol, con un montón de tipos armando quilombo, gritando, tirando cohetes, moviendo banderas. Hasta la manera de cantar cambiaba, una especie de gol eterno. La mayoría de las bandas tenía hinchadas y se comportaban como tales. Y a la música le daban la misma pelota que le da la hinchada. Por muchos años consideré que estaba perdido todo. Y estaba perdido todo porque vos tratás de mirar atrás y no recuperás música. Las bandas argentinas tardaron mucho tiempo en recuperarse de los 80. Años después se purificó nuevamente, y algunas de estas bandas de pendejos, con todo respeto, son buenísimas”.