Separarse en una era en la que el fracaso matrimonial debía disfrazarse, aunque asfixiara. Llevarse los bártulos a una pensión -y una bebé a cuestas- y empezar otra vez, sin esperar el ala protectora de un hombre. Ganarse el pan con libretos autogenerados en un momento en el que la creatividad no estaba considerada metier de damas. A Niní Marshall cientos de veces le dijeron "no" y desoyó. Su figura se hace más grande a medida que se acumulan los años.

































