-Si vemos con perspectiva histórica el hecho teatral; ya los griegos comprendieron el valor didáctico de la escena. Como dice Aristóteles en su Poética, la finalidad del arte dramático es infundir temor y compasión en el espectador. En la Edad Media el catolicismo retoma la idea, y el teatro sirve para convertir a los hombres y animarlos a vivir de acuerdo a sus principios. En el Renacimiento surge el “teatro isabelino”, lo que hoy se conoce como el teatro de
regulación, al servicio de los principios de la corona. El realismo, las vanguardias y el modernismo se dieron cita luego en las bambalinas del teatro, variando las formas, pero fieles a sus principios rectores. De una u otra manera, con
diferentes filtros, este arte actúa como un espejo de la realidad. Es un testigo de su época, más o menos fidedigno, una especie de recordatorio para comprender los vaivenes de los tiempos. A su vez, el valor clásico de las grandes obras, radica justamente en que nos remiten a otras coordenadas históricas, y a otros modos de percibir la realidad, pero desde allí nos dan nueva luz para acercarnos al presente, a lo coyuntural. Eso es lo que permite interpretar hoy obras como 'El mercader de Venecia' o 'Casa de muñecas' con un sesgo diferente de cómo surgieron. En tanto que puede excluir la palabra escrita, la representación escénica tiene la virtud de haber sido difundida muy ampliamente a lo largo de los siglos, mucho más que la misma literatura, que ha requerido de dispositivos como la imprenta o los medios de difusión para hacerse masivo.