Los grillos podrían ser capaces de sentir dolor, según un estudio publicado en Proceedings B de la Royal Society británica, que plantea la cuestión del bienestar animal en los insectos.
Un nuevo estudio sugiere que los grillos domésticos -que se crían por miles de millones cada año- podrían experimentar dolor de forma subjetiva, lo que obligaría a replantearse el bienestar animal en la industria de insectos.

Los grillos podrían ser capaces de sentir dolor, según un estudio publicado en Proceedings B de la Royal Society británica, que plantea la cuestión del bienestar animal en los insectos.
"Concedemos consideración ética a los perros, los cerdos y los primates en gran medida porque creemos que pueden sufrir", señala a la AFP Thomas White, especialista en comportamiento de invertebrados de la Universidad de Sídney.
Pero ¿qué ocurre con los insectos, que "representan la aplastante mayoría de las especies animales descritas en la Tierra, y son criados, sacrificados o utilizados con fines experimentales a una escala que supera con creces a la de la ganadería de vertebrados"?, se pregunta el biólogo, coautor del estudio.
Junto con sus colegas de la Universidad de Sídney, sometieron a 80 grillos domésticos (Acheta domesticus) a una serie de pruebas para observar un comportamiento clave relacionado con el dolor: la "autoprotección flexible", que se manifiesta mediante el acicalamiento persistente y localizado de una parte del cuerpo tras un estímulo nocivo.
El sufrimiento, recuerda White, es distinto de la nocicepción, la señal de alarma que circula por el sistema nervioso de la mayoría de los organismos vivos ante un daño y que nos hace soltar un objeto ardiente por reflejo.
"El dolor corresponde a lo que esa señal de daño hace sentir. Es una experiencia desagradable, subjetiva, vivida en primera persona, que motiva al animal a actuar con urgencia", pero es difícil de demostrar, detalla.
"No podemos estudiar directamente esa experiencia desde fuera, ni preguntarle fácilmente a un animal qué siente", explica el biólogo.
En el caso de los mamíferos, los científicos se han apoyado en fuertes similitudes evolutivas con los humanos en la estructura cerebral y los comportamientos.
En los insectos, el sistema nervioso está organizado de manera muy diferente, por lo que el estudio del dolor se basa en la observación del comportamiento: ¿localiza el animal una lesión, le presta una atención sostenida y modifica su conducta de forma flexible y dependiente del contexto?
Para distinguir entre dolor y nocicepción, los investigadores australianos sometieron a los grillos a una serie de tres pruebas en orden aleatorio.
En la primera, los biólogos aplicaron un soldador calentado a 65 grados durante cinco segundos sobre una de las antenas. La temperatura había sido elegida de modo que provocara un estímulo suficientemente nocivo sin causar lesiones duraderas.
En la segunda, el soldador no estaba caliente. En la tercera, no se aplicó ningún estímulo.
Los investigadores observaron a continuación cómo los insectos se acicalaban la antena –con una pata o con sus mandíbulas– tras cada prueba.
El acicalamiento de la antena sometida al estímulo nocivo fue más prolongado y más frecuente, antes de una disminución progresiva. Esto sugiere que no se trataba de simples gestos reflejos, sino que los grillos monitorizaban la ubicación de la lesión y ajustaban su comportamiento.
"Trabajos comparables en otros insectos, como las abejas, han puesto de manifiesto otros comportamientos evocadores" del sufrimiento, precisa White. Por ejemplo, "arbitrajes motivacionales, en los que los animales heridos sopesan el dolor frente a la recompensa", o el efecto de analgésicos que "reducen las respuestas defensivas".
"Nunca alcanzaremos una certeza absoluta" de que los insectos pueden sentir dolor, pero "lo que importa es la acumulación de pruebas convergentes", considera.
Dado que los grillos domésticos se crían por miles de millones para la alimentación humana y animal, así como para la investigación, "deberíamos preguntarnos si nuestras prácticas actuales están justificadas a la luz de lo que todavía no sabemos", juzga el biólogo.
"En nuestro propio laboratorio, aplicamos prácticas rigurosas de bienestar a lo largo de toda nuestra investigación, entre ellas velar por que los estímulos no provoquen daños duraderos y porque los animales vivan su ciclo de vida natural tras el experimento", precisa.




