La idea es simple, quizás obvia. Si se acerca el fin del mundo –o al menos un ataque nuclear, una crisis civilizatoria–, los ricos probablemente se enterarán primero. No porque formen parte de una conspiración, sino porque suelen estar más cerca de los centros donde circula información estratégica. Y si lo saben, subirán a sus jets privados. Y si suben todos a la vez, los datos lo mostrarán.































