El segundo encuentro es distinto, tan emocionante y fuerte como el primero. O, quizás, lo es mucho más. Porque es en familia, somos todos. Padre, madre, hijos, Santo Padre. Es en la famosa Audiencia Pública, bajo techo y por dos motivos. Primero, el frío que penetra casi tanto como la figura misma. Después, por su salud, deteriorada. Ya no es el de 2013, no se mueve por sí mismo, todo lo hace en la silla de ruedas. Alguien lo empuja, lo ayuda, le da una mano. Ese señor alto, en modo custodio, hace lo que hizo Jorge o Francisco toda su vida: pensar en el otro. Ya no recibe ningún obsequio, no puede. No tiene fuerza física, pero sí la espiritual. Creo, en realidad, ya que era “cuervo”, admirador de René Pontoni y futbolero, que “jugó el alargue y no se fue al descenso” porque El sí siempre caminó con un Dios aparte.