La deforestación en la Amazonia brasileña viene aumentando desde 2012 aunque a un ritmo menor. La superficie destruida ahora es como 1,3 millones de campos de fútbol e incrementará todavía más la presión sobre Bolsonaro y su Gabinete porque tanto su discurso como su política medioambiental causan una enorme alarma no solo a los indígenas, las ONGs y los científicos, sino también a muchos Gobiernos extranjeros, con los europeos a la cabeza. Aunque el presidente criticó con dureza hace unos meses al Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), puso en duda sus mediciones y destituyó a su director, sus ministros de Medio Ambiente y de Ciencia han asistido a la presentación del balance de la deforestación que se mide cada doce meses.