Pasadas las 14, con 31 grados de temperatura y después de haber recorrido 2.700 kilómetros dentro de una caja metálica, la elefanta Mara pisó tierra. Tierra roja, la del Mato Grosso brasileño, la del santuario para elefantes en donde pasará el resto de su vida. Y lo primero que hizo fue justamente jugar con esa tierra: asomó la trompa, la recogió y comenzó a arrojarla por encima de la caja. Después, la arrojó sobre los costados de su cuerpo. Y se tomó su tiempo para tomar confianza y continuar alejándose de la caja. Después bebió el agua que le ofrecieron y jugó unos minutos más. Paso a paso, muy tranquila y serena, se acercó hasta una montaña con más de esa tierra nueva para ella. Le tomó menos de un minuto quedar casi roja por completo.

































