Mientras los termómetros perforan la barrera de los 40 °C en una Europa asfixiada por el cambio climático, los ciudadanos franceses encontraron en el fondo del placard un aliado inesperado para combatir el encierro térmico: la tiza. Ante la falta de aire acondicionado y el colapso en las escuelas, una vieja receta casera y ecológica basada en blanquear los cristales se transformó en la última línea de defensa para bajar la temperatura de los hogares sin gastar un euro de más.




































